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Bloody Butterfly. (cuento)

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Bloody Butterfly. (cuento)

Mensaje por Ariwa Nīru el Jue 13 Sep - 18:00

User: Bueno, éste es un pequeño cuento que escribí como deber de la escuela en Lengua, era una presentación en PowerPoint pero quise subirlo aquí como el cuento que es. Espero a alguien le agrade.

Bloody Butterfly


Cuando entraba en aquél sombrío bosque de pequeño siempre se sentía relajado por el agradable aroma a hierba y tierra húmeda y el ambiente fresco.

Pero en esa ocasión, huyendo aterrorizado, no había pensado en que normalmente iba de día protegido por la brillante luz del sol y que a las nueve de la noche el sol ya se habría ocultado tras el distante mar. Solo reparó en ello demasiado tarde, cuando había corrido sin saber en cual dirección impulsado por el temor y la desesperación del momento que le hacía hervir la sangre.

Llegó a la base de un árbol cuyas gruesas raíces salían de la tierra y se dejó caer agotado entre dos de ellas, apoyando la nuca contra la rugosa y dura madera del tronco. ¿Cuánto había corrido? ¿Qué hacer con todo aquello? Debía calmar su mente e intentar pensar.

La fría brisa típica de aquellos días de invierno Inglés le rodeó el cuerpo, metiéndose por los extremos de su ropa hasta calarle los huesos dolorosamente. Soltó un jadeo viendo el vaho denso que salía de su boca y se frotó los brazos y piernas con las manos de forma brusca, levemente temblorosa, en un intento por mantener el calor corporal.

Pero no temblaba por el frío solamente, también lo hacía por aquello de lo que huía. Cadáveres. Sangre. Cuerpos destazados, desgarrados, deformados, perforados, rígidos, cortados…regados en el suelo, en las calles desiertas del pequeño pueblo y dentro de las casas. De niños, ancianos, adultos, jóvenes, animales. Todo estaba muerto y aún podía sentir el fuerte olor nauseabundo y dulzón a pesar de estar, creía, muy lejos.

Miró al oscuro cielo lleno de nubarrones por entre las altas ramas de pinos y eucaliptos que no dejaban de sacudirse estrepitosamente por el viento, dejando caer hojas de una forma sorprendentemente lenta, amortiguada.

Si seguía allí se congelaría, eso lo tenía más que claro. A sus diecisiete años conocía perfectamente la crueldad de aquel clima invernal. Pero temía más a encontrarse de nuevo entre todos esos cuerpos que aún no entraban en descomposición, que aún eran reconocibles y tan desagradablemente familiares.

Ahogó un jadeo y dejó que el llanto le provocara unos espasmos violentos que disminuían a medida que las lágrimas escurrían desde sus ojos, calmándose. Había perdido todo. Apenas aquella mañana se había ido a estudiar a la ciudad como cualquier otro día, y cuando volvió cansado caminando desde la parada del bus que estaba algo lejos del pueblo había encontrado el primer cadáver en el sendero de la entrada rodeado por un manchón de sangre. Y había corrido entre más cuerpos inertes hasta su casa en el centro, cada vez más preocupado. Y en su casa solo había hallado lo mismo. A su madre, muerta en la sala, a su padre en el jardín con el torso desgarrado, y a su hermanita pequeña con el rostro desfigurado por enormes cortes en todas direcciones.

Tembló aún más bruscamente al recordar todo aquello y gritó con desesperación, sintiendo un enorme dolor aprisionarle el corazón, oprimiéndole el pecho. ¿Cómo había sucedido aquello en solo unas horas? ¿Quién podría haber sido capaz de aquella barbarie, aquella masacre horrenda?

Debía hacer algo. No podía quedarse llorando allí, de ese modo, hasta morir congelado. Alguien debía haber escapado, por que nadie ni nada podía matar a casi trescientas personas. El bosque que rodeaba el pueblo era muy, muy extenso y alguien debía haber logrado huir y esconderse.

Se puso de pie, restregando el dorso de sus manos contra sus ojos y mejillas para limpiar la fría humedad y sacudió su ropa para quitar la tierra y hojas de ella. El viento arremetió con fuerza y las ramas de los árboles crujieron encima de él, al compás de un sonoro trueno que le hizo temblar. Y comenzó a caminar.

Primero se movió dando pasos lentos volviendo a recorrer el camino por el que creyó haber llegado. Esquivó raíces sobresalientes, montículos de hojas secas y ramas bajas de los árboles que le llenaban de basurillas la ropa y la melena escalonada de cabello pelirrojo, intentando ver inútilmente en la oscuridad. No tenía ni siquiera su teléfono celular como para tener una pequeña fuente de luz, y que fuera una noche sin luna empeoraba todo. Mantuvo sus otros sentidos activos, tanteando troncos de árboles con las manos para avanzar sujeto a ellos, olisqueando el aire que cada vez se ponía más húmedo, y escuchando por entre el crujir de sus propios pasos sobre el suelo algún tipo de ruido.

Y, cuando giró el rostro hacia la izquierda siguiendo un aroma extrañamente familiar, pudo verla. Ahí, lejos, tras las ramas de un pino, una pequeña luz titilante de tono rojizo estaba quieta. Y un poco más allá de aquella luz, podía ver una aglomeración de puntos del mismo color reunidos casi al nivel del suelo.

Sonrió esperanzado de ver aquello que parecía chispas de una fogata y comenzó a caminar en aquella dirección, dando grandes zancadas pero sin dejar de pisar con cuidado. Si era una fogata esperaba que quien la hiciese estuviera cerca, y si no lo estaba al menos le confirmaba la hipótesis de que alguien hubiera logrado sobrevivir. Claro, estaba más y más seguro de aquello con cada paso que daba. Debía haber alguien más. Tenía que encontrarle, o encontrarles. Así estarían más seguros de lo que fuera que hubiera hecho aquella atrocidad.

Pero solo unos metros antes de llegar se detuvo, asustado. ¿Y si el asesino había hecho aquella fogata? Era muy arriesgado e igualmente probable. Se quedó quieto y en silencio, intentando prestar atención. No escuchaba una respiración, ni ningún ruido proveniente de las chispas. Ni siquiera el sonido que debía producirlas. Si no había ruido, no había nadie entonces. Tal ves solo eran algunas brasas sin apagar, independiente de quien pudiera haberlas creado.

Respiró un poco más relajado y siguió dando pasos seguros sujeto a los troncos de los árboles. Tan solo había una franja de arbustos bajos entre él y las brasas cuando lo vio. No, no eran brasas. Ni ningún tipo de fuego. Eran grandes, enormes y brillantes mariposas, de un rojo incandescente, carmesí podría describir mejor el color. Y estaban revoloteando y posadas sobre una pequeña montaña, e incluso oía leves ruidos de succión. Al menos cuatro cuerpos destrozados y sanguinolentos se encontraban en el montón bajo las mariposas.

No tuvo tiempo de soltar una exclamación por que sus ojos se movieron rápidamente a una silueta detrás del montón de cadáveres. Una silueta humana, de pie, bastante alta al parecer. Al enfocar la vista pudo distinguir el cabello levemente largo, desordenado y de un ébano brillante visible por la luminiscencia de las mariposas que pasaban a su alrededor o estaban posadas en los ropajes negros parecidos a un yukata que le envolvían. Y cuando la silueta se dio vuelta, vio las dos esferas rojizas refulgentes dentro de las cuencas oculares que no dejaban de moverse vertiginosamente en diferentes direcciones.

—Viniste…sabía que vendrías. Que esperar valdría la pena…el aroma que desprendes lo vale, oh, sí que lo hace…—comenzó a hablar ansiosamente la voz grave, masculina y ahogada proveniente de aquel ser entre pequeñas risillas.

Mark tembló, sintiendo como una extraña desesperación le inundaba por completo y cada vello de su cuerpo se erizaba. Sin saber por qué de sus labios escapó un pequeño sollozo.

—Esto va a ser divertido, ¡Oh, claro que lo será! Ahora, pequeño, vamos a divertirnos. —siguió hablando aquella persona, dando torpes pasos hacia él a la vez que sus labios que escurrían sangre se separaban, abriendo la boca llena de pequeños dientes amarillentos y puntiagudos en una circunferencia perfecta—¡¡CORRE…!!

Fue un sonido gutural, espeluznante y desgarrador que le hizo doler los oídos. Pero instintivamente acató la orden, dio media vuelta y comenzó a correr entre gritos de miedo, desesperación y agonía.

No pudo avanzar más que unos cuantos metros cuando sintió una fuerte presión en la espalda que le hizo caer de bruces rodando por una pequeña pendiente hasta chocar con una gran roca de cabeza y quedar inmóvil, boca arriba y con el rostro lleno de tierra y hojas. No sentía ninguna parte de su cuerpo y un pitido le retumbaba en los oídos, atravesando su cabeza.

Escuchó la espeluznante risa y vio a la horrible criatura lanzarse sobre su cuello para clavarle aquellos dientes directo en la yugular. Sintió como la sangre caliente brotaba, siendo bebida a medias por su asesino y escurriendo hasta el suelo.

Lo último que sus ojos azules anegados en lágrimas pudieron ver fue a las mariposas carmesíes revolotear sobre su rostro, hasta que una se posó en cada uno de ellos…

Y los arrancó.
Fin
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Ariwa Nīru

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